135. Clarisas de la Inmaculada

 
 
“Y para que jamás nos apartásemos de la santísima pobreza que habíamos abrazado, ni tampoco lo hicieran las que tenían que venir después de nosotras, poco antes de su muerte, de nuevo nos escribió su última voluntad diciendo: «Yo, el Hermano Francisco, pequeñuelo, quiero seguir la vida y la pobreza del Altísimo Señor Nuestro Jesucristo y de su Santísima Madre, y perseverar en ella hasta el fin; y os ruego, mis señoras, y os doy el consejo de que siempre viváis en esta santísima vida y pobreza. Y protegeos mucho, para que de ninguna manera os apartéis jamás de ella por la enseñanza o consejo de alguien.» (Regla de Santa Clara VI, 6-9)


Las Clarisas de la Inmaculada son monjas profesas de clausura papal de la Segunda Orden Franciscana. Su origen está en el Monasterio del Inmaculado Corazón de María y de San José, de monjas Clarisas, de la ciudad de Aulla (Italia). Estas monjas, dirigidas espirituales del P. Manelli, solicitaron de la Santa Sede permiso para vivir la vida claustral clarisa con profundo espíritu mariano. En 2002 fue aprobada dicha petición, siendo confirmadas como nueva familia clarisa dentro de la Segunda Orden. En 2006 se afiliaron a la Familia de los Franciscanos y Franciscanas de la Inmaculada.


Profesan la Regla de Santa Clara (aprobada por Inocencio IV) sin mitigaciones y la viven con particular acentuación en la marianidad, siguiendo el Camino Mariano de Vida Clariana, y nuevas Constituciones aprobadas por la Sede Apostólica. Junto a los tres clásicos Consejos Evangélicos, realizan voto de consagración ilimitada a la Inmaculada con vistas a participar, desde la soledad del claustro, en el misterio de María que porta a Cristo al mundo.


Las Hermanas están especialmente dedicadas a la penitencia y a la mortificación personal, pero inmersas en la alegría franciscana. Trabajan en la confección de ornamentos sagrados, elaboración de formas y vino para la Misa, aceptando también limosnas y ayudas de los fieles. Tras el motu proprio Summorum Pontificum (2007), las Clarisas de la Inmaculada han adoptado la Forma Extraordinaria del Rito Romano para sus celebraciones litúrgicas. Actualmente son cerca de 50 monjas repartidas en tres monasterios de Italia, y son atendidas de manera especial por los Franciscanos de la Inmaculada.


Monasterios:

- Clarisse dell´Immacolata
Monastero Cuore Immacolato e San Giuseppe
Via dell´Immacolata 1
54011 Aulla (Massa-Carrara)
Italia

- Clarisse dell´Immacolata
Monastero Roseto dell'Immacolata Porta del Cielo e di San Giuseppe
Via Rivella 5
36051 Creazzo (Vicenza)
Italia

- Clarisse dell´Immacolata
Monastero Roseto dell'Immacolata e Santa Chiara
Via Malintoppa 10
01021 Acquapendente (Viterbo)
Italia

La Vida Religiosa Apostólica desde el Vaticano II

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Extractos de la conferencia pronunciada por el Cardenal Franc Rodé en el congreso “La Vida Religiosa Apostólica desde el Vaticano II”, celebrada en Stonehill College, Boston, EE.UU, el 27 de septiembre de 2008:

Me presento ante vosotros, hombres y mujeres consagrados en los Estados Unidos, como representante del Santo Padre, trayendo su saludo y su estima por el testimonio de vuestra vida y la fecundidad de las múltiples formas de servicio que prestáis a la Iglesia. Me presento ante ustedes como Prefecto de la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica, con el cúmulo de experiencia que aporta lidiar con las alegrías y esperanzas, con las tristezas y angustias de la vida consagrada por todo el mundo. Pero, muy especialmente, estoy entre vosotros como un hermano religioso, que personalmente experimentó la aventura y el tumulto de la renovación de la vida consagrada ocasionada por el Concilio Vaticano II. Esa extraordinaria experiencia me hizo quien soy, y modela las palabras que os dirijo hoy con gran afecto y esperanza. [...]

La etapa final de una prolongada crisis

Clarisas de la Inmaculada
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Durante los últimos cuarenta años, la Iglesia pasó por una de las mayores crisis de su historia. Todos sabemos que la dramática situación de la vida consagrada prueba que no estaba al margen de esta crisis. Prácticamente todos los países de Occidente, no falta quien note que la mayoría de las comunidades religiosas están entrando en la fase final de una prolongada crisis cuyo resultado —dicen— está consignado en las estadísticas.

En muchos países occidentales, los religiosos perdieron la esperanza. Ellos ya se resignaron a la pérdida de vitalidad, de importancia, de la alegría, de atracción, de vida, finalmente. Sin embargo, en los Estados Unidos es diferente. La vitalidad, la creatividad, la exhuberancia que marcan la pujante cultura de este país se reflejan en la vida cristiana y también en la vida consagrada. Basta pensar que desde el Concilio Vaticano II, más de un centenar de nuevas comunidades religiosas brotaron en este suelo fértil. [...]

A pesar de este pasado grandioso y de la actual vitalidad, sabemos —y ésta es una de las principales razones por las que nos reunimos hoy aquí— que no todo va bien en la vida religiosa en Norteamérica. Hoy día, mis observaciones se dirigen en particular a los religiosos activos.

El vertiginoso descenso en el número de hombres y mujeres consagrados, el abandono de muchas asociaciones apostólicas y de ministerios, el cierre de las comunidades, la invisibilidad del testimonio conjunto de la vida consagrada, las fusiones entre las provincias, el envejecimiento de los religiosos, la muerte de congregaciones enteras. Son realidades familiares para todos nosotros.

Comunidades en crecimiento


Fraternidad de Betania

En el marco de la “vida consagrada” y detrás de las estadísticas, hay una variedad de situaciones. En primer lugar, hay muchas comunidades nuevas, algunas más conocidas que otras, muchas de las cuales están en franco progreso y sus estadísticas individuales indican lo contrario de la tendencia general. Existen también comunidades más antiguas que actuaron para preservar y reformar la genuina vida religiosa dentro de su propio carisma; también ellas están en proceso de crecimiento, luchando contra la tendencia general y el promedio de edad de sus religiosos es inferior a la media global.

Ninguno de estos dos grupos “son representativos” en el sentido de que los observadores de las tendencias generales raramente reparan en ellos. Sin embargo su futuro parece prometedor, si continúan siendo lo que son y como son.

Los conformistas y los que rompieron la comunión

Todavía hay quienes aceptan la situación actual de decadencia, como siendo —dicen— el signo del Espíritu Santo en la Iglesia, la señal de una nueva dirección a seguir. En este grupo están aquellos que simplemente aceptaron la desaparición de la vida religiosa o, por lo menos, de su comunidad, y se empeñan en que eso suceda de la forma más pacífica posible, agradeciendo a Dios por los beneficios del pasado.

Por otra parte, precisamos admitir la existencia de aquellos que optaron por caminos que los apartaron de la comunión con Cristo en la Iglesia Católica, a pesar de que pueden haber decidido permanecer físicamente en la Iglesia. Ésos pueden ser individuos o grupos en los institutos que tienen una visión diferente, o hasta comunidades enteras.

Los que desean revertir la situación


Franciscanos de la Renovación
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Por último, quisiera destacar a aquellos que creen fervientemente en su vocación personal y en el carisma de su comunidad, y procuran medios de invertir la tendencia actual, o, en otras palabras, de alcanzar una verdadera renovación. Éstas pueden ser instituciones enteras, individuos, grupos de individuos o hasta comunidades en el seno de una institución.

Hoy me dirijo especialmente a este último grupo, para ofrecerles aliento e ideas para seguir adelante. Pero mis reflexiones pueden ser útiles también para los dos primeros grupos, a fin de que no pierdan lo que ya tienen, como San Pablo advierte a los Corintios: “Quien esté de pie, que busque no caer” (1 Cor 10, 12).

Por otra parte, la instrucción El servicio de la autoridad y la obediencia, publicado recientemente por mi Congregación, establece con fuerza que “la autoridad es llamada a mantener vivo el carisma de su propia familia religiosa. El ejercicio de la autoridad comporta, asimismo, ponerse al servicio del carisma propio del Instituto al que se pertenece, guardándolo con cuidado y haciéndolo actual en la comunidad local, en la provincia o en el Instituto entero”.

Las raíces de la actual crisis

De este modo, será de gran valor examinar las raíces de la crisis, y entonces nos encontraremos con una brutal, pero necesaria, pregunta: ¿lo qué hicimos después del Concilio no fue precisamente “renovar”? ¿No sería esa “renovación” lo que nos conduciría a una nueva era? ¿Y no fue precisamente esa “renovación” la que nos hizo llegar hasta donde estamos hoy? (...) De hecho, el Concilio ofreció claras y abundantes directrices para la necesaria reforma de la Vida Consagrada.

La cuestión crucial es: ¿cómo se interpretaron y aplicaron esas directrices? En todas partes, el Concilio se ha interpretado y aplicado, en su conjunto, de dos maneras muy diferentes e incluso opuestas. Debemos examinarlas con cuidado, si queremos entender lo que sucedió y trazar un camino a seguir durablemente.

“¿Por qué la recepción del Concilio, en grandes partes de la Iglesia, concretamente en la vida religiosa, hasta ahora tuvo lugar de manera tan difícil?” —preguntó el Papa Benedicto en un importante discurso hace tres años.1 La respuesta que da es profunda y cristalina: “todo depende de la correcta interpretación del Concilio o —como diríamos hoy— de su correcta hermenéutica, de la clave correcta para su interpretación y aplicación”.

Él continúa: “Los problemas de la recepción derivaron del hecho de que se han confrontado dos hermenéuticas contrarias y se ha entablado una lucha entre ellas. Una ha causado confusión; la otra, de forma silenciosa, pero cada vez más visible, ha dado y da frutos. Por una parte, existe una interpretación que podría llamar hermenéutica de la discontinuidad y de la ruptura; a menudo, ha contado con la simpatía de los medios de comunicación y también de una parte de la teología moderna.

Por otra parte, está la “hermenéutica de la reforma”, de la renovación dentro de la continuidad del único sujeto- Iglesia, que el Señor nos ha dado; es un sujeto que crece en el tiempo y se desarrolla, pero permaneciendo siempre el mismo, único sujeto del Pueblo de Dios en camino”.

La “hermenéutica de discontinuidad y de la ruptura”

En el análisis del Santo Padre, la hermenéutica de la discontinuidad se basa en un falso concepto de la Iglesia como formada apenas de hombres y, por consiguiente, del Concilio como una especie de Asamblea Constituyente. El verdadero “espíritu del Concilio” estaría en la invitación a realizar cambios, y esto en tal grado que todo cuanto en sus documentos confirma el pasado puede ser considerado sin reservas como resultado de compromisos y, por tanto, puede ser legítimamente abandonado a favor del “espíritu” del Concilio.

Ese espíritu según el cual todo es nuevo y todo debe ser renovado hace nacer la vehemente excitación del explorador, la perspectiva de avanzar con valentía más allá de la letra del Concilio. Esa llamada, sin embargo, es tan vaga que una persona queda remando sola, víctima de su propio capricho, y rechazando cualquier corrección.

Es idealista al punto de subestimar la fragilidad de la naturaleza humana, y se muestra simplista al suponer que un simple “sí” a la era moderna puede resolver todas las tensiones y crear armonía. [...]

Necesidad real de renovación de la vida consagrada

Debemos empezar por reconocer que había, por supuesto, mucho para corregir en la vida religiosa y a mejorar en la formación de los religiosos. También debemos admitir que la sociedad propuso desafíos para los cuales muchos religiosos no estaban preparados. En algunos casos, precisaban ser sacudidas la rutina y las costras de costumbres desactualizadas. En ese sentido, debemos afirmar categóricamente que el Concilio no sólo no estaba equivocado en su impulso renovador de la vida religiosa, sino que fue verdaderamente inspirado por el Espíritu Santo a hacerlo.

Hablando a los superiores generales, Benedicto XVI dijo: “En los últimos años se ha comprendido la vida consagrada con un espíritu más evangélico, más eclesial y más apostólico; pero, no podemos ignorar que algunas opciones concretas no han presentado al mundo el rostro auténtico y vivificante de Cristo. De hecho, la cultura secularizada ha penetrado en la mente y en el corazón de no pocos consagrados, que la entienden como una forma de acceso a la modernidad y una modalidad de acercamiento al mundo contemporáneo. La consecuencia es que, juntamente con un indudable impulso generoso, capaz de testimonio y de entrega total, la vida consagrada experimenta hoy la insidia de la mediocridad, del aburguesamiento y de la mentalidad consumista” .2 [...]

La vida religiosa, siendo un don del Espíritu Santo para el religioso y para la Iglesia, depende especialmente de la fidelidad al origen, fidelidad al fundador y fidelidad al carisma particular. La fidelidad a este carisma es esencial, pues Dios bendice la fidelidad, pero “resiste a los soberbios” (Stgo 4, 6). Una completa ruptura de algunos con el pasado va, por lo tanto, contra la naturaleza de una congregación religiosa y, por su propia esencia, provoca el rechazo de Dios.

Resultados de la “hermenéutica de la discontinuidad” en la vida religiosa

Una vez que el naturalismo fue aceptado como la nueva vía, la obediencia se convirtió en su primera víctima, pues ella no puede sobrevivir sin fe y esperanza. La oración, principalmente la oración comunitaria y la liturgia sacramental, fue minimizada o abandonada. Penitencia, ascetismo y todo lo que era llamado de “espiritualidad negativa” se convirtieron en una cosa del pasado. Muchos religiosos se sintieron incómodos al vestir sus hábitos.

La agitación social y política terminó siendo la meta de su acción apostólica. La Nueva Teología condujo a la interpretación personal y a la disolución de la Fe. Todo se convirtió en un problema para ser discutido.

Rechazando la oración tradicional, las genuinas aspiraciones de los religiosos buscaron formas más esotéricas. Los resultados no tardaron en ser notados, bajo la forma de un éxodo de miembros. Como resultado de ello, apostolados y ministerios que eran esenciales para la vida de la comunidad católica y sus extensiones caritativas —sobre todo las escuelas— desaparecieron en poco tiempo.

Las vocaciones se agotaron rápidamente. Aunque los resultados comenzaron a hablar por sí mismos, había aquellos según los cuales las cosas no iban bien porque no hubo cambios suficientes, porque el proyecto no se completaba. Y así el daño fue aumentando. Cabe señalar también que muchos de los responsables de las desastrosas decisiones y acciones de esos años después postconciliares, abandonaron después la vida religiosa. Muchos de los que están aquí ahora son los que permanecieron fieles y, con inmenso coraje, cargan con la responsabilidad de revertir el daño y reconstruir sus familias religiosas. Mi corazón y mis oraciones están con ustedes. [...]

La “hermenéutica de la continuidad y la reforma”

Frailes Pobres de Jesús y María
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El verdadero espíritu del Concilio ha sido descrito en su toma de posesión por el Papa Juan XXIII, cuando dijo que él pretendía “transmitir pura e íntegra la doctrina, sin subterfugios o mitigaciones”. Y continuó : “No sólo debemos conservar este tesoro precioso, como si nos preocupásemos sólo de la antigüedad sino también dedicarnos con voluntad dispuesta sin temor a aquel trabajo hoy exigido, prosiguiendo así el camino que la Iglesia recorre desde hace veinte siglos. Es necesaria esa adhesión a todas las enseñanzas de la Iglesia, en toda su integridad y precisión, presentada en perfecta conformidad con la doctrina auténtica que, sin embargo, debe ser estudiada y expuesta por medio de los métodos de investigación y de las formas literarias del pensamiento moderno. Una cosa es la sustancia de la antigua doctrina del Depósito de la Fe, y otra la forma en la que es presentada”.

Estas palabras dan lugar a una forma de interpretar el Concilio muy diferente de la descrita anteriormente. Aquí tenemos, en esencia, la hermenéutica de la continuidad y la reforma. [...]

Criterios y directrices de la Perfectæ Caritatis

Hoy en día vemos con gran gratitud el Concilio Vaticano II, por habernos provisto de claras directrices para distinguir entre la sustancia del Depósito de la Fe y sus manifestaciones circunstanciales. La continuidad esencial para la vida religiosa no suprime, sino que impulsa la reforma de lo que es sobrepasado, accidental o perfectible. Esto se hace evidente al leer los criterios y directrices, cuidadosamente equilibrados, de la Perfectæ Caritatis (Nº 1-18), a los que nos referimos al hablar de la ruptura y discontinuidad.

Si esos mismos números se interpretan en términos de continuidad, se ve que los cambios nunca están separados de las raíces. Aquellos que buscan la continuidad en la renovación, notarán que el Concilio hizo un llamamiento para una renovación que es eminentemente una renovación del espíritu, enfatizando en la centralidad de Cristo tal como se encuentra en los Evangelios, siguiéndolo en el camino trazado por el fundador, a través de los votos (2 ).

La renovación debe buscarse en la diligente observancia de la regla y de las constituciones (4). También invita a una consagración religiosa que signifique no sólo morir al pecado (vocación bautismal), sino también renunciar al mundo y vivir exclusivamente para Dios, para el servicio de la Iglesia y el progreso en las virtudes, especialmente las de la humildad y obediencia, buscando sólo a Dios, uniendo la contemplación a la acción (5).

La prioridad de amar a Dios y nutrir la propia vida en las Sagradas Escrituras y en la Eucaristía (6). El Concilio no ve una dicotomía entre la contemplación y la acción, la segunda brota de la primera (7). La prioridad de proporcionar una exhaustiva formación espiritual a los miembros de institutos seculares que permanecen en el mundo (11). Castidad, Pobreza y Obediencia se resaltan a una luz eminentemente sobrenatural, basada en la fe, en la esperanza y en el amor. La radicalidad de las conclusiones que de ellas se sacan están nítidamente trazadas. La necesidad de una vida comunitaria de oración, de caridad y apoyo mutuo ya fue subrayada. La clausura papal debe ser mantenida por las monjas dedicadas exclusivamente a la vida contemplativa (16). El hábito debe ser adaptado, lo que significa que debe permanecer (17). [...]

¿Hacia dónde podemos ir ahora?

Discípulos de Jesús de San Juan Bautista
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Debemos ahora enfrentarnos a la pregunta: ¿Hacia dónde podemos ir ahora? ¿Hay una nueva vida para las comunidades religiosas norteamericanas que aspiran a una auténtica reforma? Aquí debemos señalar que, aunque el fondo de cuadro sea el mismo, y haya problemas y retos comunes para los religiosos y religiosas (la “ingeniería” del lenguaje, la declinación hacia el relativismo, el desvanecimiento del sentido de lo sobrenatural y, en algunos casos, dudas sobre la relevancia y la centralidad de Cristo), es también cierto que cada grupo se enfrenta a sus propios desafíos particulares. Las religiosas precisan especialmente enfrentar de forma crítica cierto tipo de feminismo, actualmente fuera de moda, pero que continúa, sin embargo, ejerciendo gran influencia en determinados ambientes.

Permítanme centrar la atención en algunos de los elementos comunes. Si fueron la ruptura y la confusión que caracterizaron las recientes dificultades de la vida religiosa, el camino a seguir ahora en adelante debe ser una creciente búsqueda de continuidad y claridad. Como el escriba que fue educado en el Reino de los Cielos, debemos tener en nuestro tesoro “cosas nuevas y viejas” (cf. Mt 13, 52).

La autoridad debe mantener vivo el sentido de la fe y de la comunión eclesial Puede parecer superfluo hacer esta observación, pues se podría imaginar que sobre este punto no hay discusión. Sin embargo, todos sentimos, por desgracia, la presencia de grupos o personas que, bajo su propia responsabilidad, “se trasladaron fuera de la Iglesia”, aunque permaneciendo exteriormente “en la” Iglesia. Sin duda, una existencia tan ambivalente no puede traer frutos de alegría y paz (cf. Gal 5, 22), ni para ellos ni para la Iglesia. Recemos para que el Espíritu Santo les dé luz para ver el camino de la verdadera paz y libertad, y coraje para seguirlo.

Y me refiero de nuevo a la instrucción sobre “El servicio de la autoridad y la obediencia: ‘La autoridad está llamada a mantener vivo el sentire cum Ecclesia . Compromiso de la autoridad es también el de ayudar a mantener vivo el sentido de la fe y la comunión eclesial en medio de un pueblo que reconoce y alaba las maravillas de Dios, testimoniando la alegría de pertenecer a Él en la gran familia de la Iglesia una, santa, católica y apostólica.

El compromiso del seguimiento del Señor no puede ser emprendido por navegantes solitarios, mas se realiza en la simple barca de Pedro, que resiste a las tempestades, y la persona consagrada dará la contribución de una fidelidad laboriosa y gozosa a la buena navegación. La autoridad debe recordar que ‘nuestra obediencia es un creer con la Iglesia, un pensar y hablar a la Iglesia, un servir con ella'”. [...]

La sustancia de la vida religiosa: “Pertenecer al Señor”

De acuerdo con el Concilio, “la autoridad de la Iglesia tiene el deber de, bajo la inspiración del Espíritu Santo, interpretar esos consejos evangélicos [castidad, pobreza y obediencia], regular su práctica y construir finalmente, con base en ellos, formas estables de vida”. 3

Tanto la autoridad como la tradición de la Iglesia hablarán, a través de los siglos, sobre cuál sea la sustancia de la vida religiosa. El Papa Benedicto XVI lo formuló de este modo: “Pertenecer al Señor: ésta es la misión de los hombres y de las mujeres que optaron por seguir a Cristo casto, pobre y obediente, a fin de que el mundo crea y sea salvo” .4

Fidelidad al carisma del fundador

Este punto es de capital importancia, y la llave para renovar y revitalizar nuestras congregaciones, atraer vocaciones y cumplir con nuestras obligaciones para con los jóvenes que eventualmente ingresen en nuestras familias religiosas. El Concilio insiste en este punto. Debemos garantizar que, en nuestras congregaciones, la vida sea plenamente católica y enteramente alineada con el carisma del fundador o fundadora. En este sentido, no puede haber contradicción, ya que el carisma fue dado a los fundadores en el contexto de la Iglesia y fue sometido a la aprobación de la Iglesia. Muchas congregaciones están haciendo grandes esfuerzos en esa dirección. [...]

Conclusión

No debe sorprendernos el hecho de que el camino a seguir este lleno de desafíos y dificultades. Sin embargo, quiero que estéis seguros de mi pleno apoyo a cualquier esfuerzo sincero para renovar cada una de las familias en la línea de la fidelidad a la Iglesia y al fundador. Mucha honestidad, humildad, coraje, apertura de la mente, diálogo, sacrificio, perseverancia y oración serán necesarios, como el Papa Benedicto nos ha recordado: “En el Evangelio, Jesús nos advirtió de que hay dos caminos: uno es el estrecho camino que conduce a la vida; el otro es el camino largo, que lleva a la perdición” (cf. Mt 7, 13-14).5

Estáis justamente ufanos del legado cívico y religioso de América del Norte, y sois conscientes del impacto que produce la vida aquí en todo el mundo. La Iglesia Católica, como lo demuestra la receptividad de los líderes civiles y sociales al mensaje del Papa Benedicto, está llamada a enriquecer e iluminar las conciencias y, en consecuencia, para proporcionar un fundamento estable a la sociedad, siendo verdadero fermento en la masa (cf. Mt . 13, 33). Y la renovación de la Iglesia en este gran país, su capacidad para servir, pasan necesariamente por una renovación de la vida \²religiosa. [...]

1 Benedicto XVI, Discurso a la Curia romana, del 22/12/2005.
2 Benedicto XVI, Discurso a los superiores y las superioras-generales de los institutos de vida consagrada y de las sociedades de vida apostólica, 22/5/2006.
3 Constitución Dogmática Lumen Gentium, n. 43.
4 Benedicto XVI, Discurso a los superiores y las superioras-generales de los institutos de vida consagrada y las sociedades de vida apostólica, 22/5/2006.
5 Benedicto XVI, Discurso a los superiores y las superioras-generales de los institutos de vida consagrada y las sociedades de vida apostólica, 22/5/2006.

134. Familia Mariana Las Cinco Piedras

Regina Pacis,
ora pro nobis!

La “Familia Mariana Las Cinco Piedras” es una Asociación Privada de Fieles, fundada por el P. Juan de la Inmaculada, y aprobada por Mons. Luciano Giovannetti, Obispo de Fiesole (Italia), el 31 de mayo de 2008. Se trata de una comunidad mixta, compuesta de religiosos (hermanos y sacerdotes) y religiosas. La familia ha sido reunida en nombre de la Santísima Virgen Madre de Dios, Reina del Universo y Señora de la Humanidad. Ella es el camino seguro que conduce a su Hijo Jesucristo. No se puede agradar al Hijo sin amar a su Madre y Madre nuestra. El curioso nombre “Las Cinco Piedras” hace referencia a un suceso acontecido al P. Juan en Medjugorje: el encuentro en el camino de cinco piedras con cinco palabras: Eucaristía, Oración, Confesión, Sagrada Escritura y Ayuno. Estos son los medios de perseverancia de la comunidad, las armas de la luz que la Virgen María ha confiado a sus hijos según el mensaje de Medjugorje (pincha aquí).

Los Santos Patronos de los cuales se nutre su espiritualidad son: San Francisco de Asís (para imitar la perfecta alegría y la hermosa simplicidad), Santa Clara (ejemplo de libertad interior y amor a la Eucaristía), Santa Teresa del Niño Jesús (maestra de infancia espiritual), San Luis María Grignon de Monfort y San Pío de Pietrelcina. Su estilo de vida religiosa es semi-contemplativo, guardando equilibrio entre el apostolado y la vida escondida de oración. Llevan un hábito compuesto de túnica marrón (color de la tierra, de la humildad) con cíngulo a la cintura, y escapulario blanco (que asemejándose a un delantal, simboliza al Dios al que aman, que vino a servir y no a ser servido). Están presentes en Italia.

133. Discípulos de la Anunciación

«Y el ángel le dijo: No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios. Concebirás en tu seno y darás a luz un Hijo, y le pondrás por nombre Jesús (...) Dijo entonces María: He aquí la esclava del Señor, hágase en mi según tu Palabra». (Lc 1,30-31.38)

Los Discípulos de la Anunciación son una Asociación Pública de Fieles, fundada por el P. Giglio Maria Gilioli en 2005, en la Diócesis de Prato (Italia). En la pequeña familia de los Discípulos de la Anunciación toda la fe se funda en la certeza de que Dios es Amor, y en consecuencia no puede dejar de proveer por sus hijos. Parte fundamental de su carisma consiste en vivir realmente el abandono en manos de Dios.

El Misterio de María, meditado y vuelto a meditar, ofrece la garantía de que no existe una realización más bella y una santidad más verdadera que aquella que se contempla en la Virgen Madre. Ella conoció profundamente el Misterio de Dios porque precisamente se abandonó en todo a Él: “He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu Palabra”. Los Discípulos han resuelto vivir su vida religiosa imitando a María, para llegar así, sin duda alguna, a Jesús.

El objetivo apostólico de los Discípulos es formar, velar y socorrer a la familia cristiana, así como trabajar por el discernimiento de las vocaciones religiosas y sacerdotales en la Iglesia. La comunidad está presente en Italia y desde 2008 en Portugal (Fátima).

132. Misioneros de la Reconciliación del Señor de los Milagros



Señor de los Milagros


Los Misioneros de la Reconciliación del Señor de los Milagros surgieron de la decisión de los PP. Felipe Fierro Badillo y Pío Román Aliaga de entregarse totalmente a Jesucristo en quien el hombre se reconcilia con Dios. En 1992 empiezan su andadura con la aprobación del Arzobispo de Lima (Perú). Actualmente son una Asociación Pública de Fieles de Derecho Diocesano.

Su carisma se inspira en el Señor de los Milagros que se venera en su Santuario de Lima. Reconciliación y penitencia (de ahí el morado de su hábito religioso) son para ellos un don divino y exigencia de vida cristiana. Los Misioneros desean llevar la obra reconciliadora de Jesucristo a todos los confines de la tierra, haciendo de su comunidad un instrumento dócil en las manos de Dios para salvación de la humanidad. Hacen suya la dimensión misionera de la Iglesia dedicándose especialmente a las zonas populares y marginales donde la fe languidece, es puesta en peligro por las sectas, o a lugares donde Cristo aún permanece desconocido. El Instituto se encuentra presente en varias diócesis peruanas.

131. Sociedad de Jesucristo Sacerdote


P. Alfonso Gálvez

La Sociedad de Jesucristo Sacerdote es una Asociación Pública de Fieles de Derecho Diocesano, fundada por el P. Alfonso Gálvez Morillas, y reconocida en 1986 en la Diócesis de Murcia (España). La intención del P. Fundador fue la de formar una comunidad de sacerdotes conforme a la mente de la Iglesia, en una época donde la identidad sacerdotal se había desdibujado e incluso atacado. Sabiendo que uno de los problemas más dolorosos de la Iglesia es la escasez de sacerdotes, la Sociedad de Jesucristo Sacerdote no cesa en la búsqueda de nuevas vocaciones. Los sacerdotes que la Iglesia necesita han de estar dotados de una profunda vida espiritual, de una sólida formación humana y de unos firmes conocimientos teológicos. La Sociedad se distingue por su ortodoxia doctrinal y su ortopraxis.

Los sacerdotes de la Sociedad trabajan en numerosas parroquias a su cargo, dirigen colegios, dan Ejercicios Espirituales, etc.: están abiertos a todos los ministerios propios del sacerdocio católico. Aunque normalmente celebran la Santa Misa y los sacramentos según la Forma Ordinaria del Rito Romano, también han dispuesto hacerlo según la Forma Extraordinaria (siguiendo el Misal de Juan XXIII). La Sociedad (ver vídeo) está presente en España, Chile, Ecuador y Estados Unidos. Directorio de la Sociedad: Pincha aquí

130. Hermanas Misioneras de San Benito



Ut in Omnibus Glorificetur Deus
(RB 57,9)

Las Hermanas Misioneras de San Benito fueron fundadas por la Madre Josefa Kulesza en Ucrania en 1917. La aprobación pontificia data de 1979. El carisma del Instituto consiste en vivir la espiritualidad benedictina en comunión con el apostolado evangelizador. Las Hermanas realizan apostolado en diversas áreas: catequesis infantil, educación de niños desfavorecidos, atención espiritual y material a familias pobres, orientación a jóvenes mujeres en riesgo de exclusión social, etc. Pero nada de esta labor fructificaría sino fuera por la dimensión contemplativa de su vocación. Si bien las Religiosas oran y rezan en el coro el Oficio Divino, no completan el adagio benedictino (ora et labora) con trabajos manuales en la huerta o en el monasterio, sino en el campo apostólico, en la viña del Señor. Las Hermanas están presentes en Ucrania, Polonia, Brasil, Ecuador y Estados Unidos.



129. HH. Franciscanas Inmaculadinas

Fray Lodovico
Fundador

Las Hermanas Franciscanas Inmaculadinas son un Instituto Religioso de Derecho Pontificio, fundado por Fray Lodovico Acernese (Franciscano Capuchino) en 1881, en la Archidiócesis de Benevento (Italia). Teresa Manganiello será la primera joven interesada en el proyecto. Sin embargo, murió prematuramente, antes de la fundación canónica, obteniendo del Cielo las bendiciones para el inicio de la nueva congregación. Las Religiosas la consideran Madre espiritual. El Instituto está agregado a la Orden de Hermanos Menores Capuchinos, y observan la Regla de San Francisco para la Tercera Orden Regular. El Fundador quiso que las Hermanas profesasen un amor singular y veneración filial a la Virgen Madre en su privilegio de la Inmaculada Concepción. El entusiasmo en la familia franciscana seguía presente tras la proclamación dogmática de 1854 por el Beato Pío IX. Algo que las caracteriza también es el espíritu de penitencia y reparación por las ofensas contra la Virgen Santísima y contra el Corazón de su Hijo.

El campo apostólico del Instituto se desarrolla en la educación íntegra (académica y doctrinal) de la juventud, especialmente femenina, la catequesis, la colaboración pastoral y parroquial, las iniciativas asistenciales de diversa índole, y las misiones. Actualmente, las Hermanas se encuentran presentes en Italia, Brasil, Filipinas, Australia, India e Indonesia.

128. Religiosos Camilos

"En primer lugar, cada uno pida al Señor que le conceda un amor como de madre hacia su prójimo, para que pueda servirle con perfecta caridad tanto en lo espiritual como en lo corporal, ya que deseamos con la gracia de Dios servir a todos los enfermos con aquel amor que tiene una cariñosa madre cuando atiende a su único hijo enfermo”. (San Camilo)
***
Todos, de manera directa o indirecta, sabemos lo que es la enfermedad. También sabemos lo que es y supone cuidar a un enfermo, y cómo se agradece en esos momentos una atención cariñosa, una presencia comprensiva, y un consejero para el alma. Todo esto lo conoció bien el Bienaventurado Camilo (1550-1614). Él mismo estuvo enfermo del alma y del cuerpo, él curó y cuidó a muchos enfermos y no conformándose con ello, reunió a unos compañeros para que le ayudaran en la misión de servir a Cristo en el enfermo. Creó así una nueva escuela de caridad que hoy, cuatro siglos después, es en la Iglesia y en el mundo instrumento divino de sanación y de salvación. Hablamos de la Orden de los Ministros de los Enfermos, fundada en Roma por San Camilo de Lelis en 1582.

La conversión de San Camilo

Camilo fue militar y aunque había sido educado en la fe por su devota madre, llevó durante parte de su juventud una vida disoluta. El juego le condujo a la ruina económica y moral. Al no tener nada, se dedicó a mendigar por las ciudades. En Manfredonia es contratado por los frailes Capuchinos. Al regresar al convento después de hacer un recado, aconteció lo siguiente:

"Durante el camino, montado en el asno entre dos alforjas, pensaba ensimismado en lo que le había dicho el Padre Guardián. Y mientras cabalgaba y pensaba [...] le asaltó un rayo de luz interior, procedente del Cielo y tan intenso, sobre su miserable estado que creyó que el corazón se le hacía pedazos roto por el dolor. Incapaz de mantenerse a lomos del asno, debido a la extraña conmoción que sentía, se dejó caer a tierra en mitad del camino, abatido por la divina luz. Allí mismo, arrodillado sobre una roca, comenzó a llorar amargamente por su vida pasada, con tales muestras de dolor que las lágrimas regaban continuamente sus mejillas[..] Decía y repetía con insistencia las siguientes palabras: “¡No más mundo! ¡No más mundo!”. (Vida del P. Camilo de Lelis por S. Cicateli)

Con 25 años, la luz de Cristo inunda su alma. Comienza una vida de oración y rigurosa penitencia. Cae enfermo y es trasladado al hospital. Allí se quedará a servir. En 1582 recibe la inspiración de fundar una comunidad consagrada al servicio de los enfermos, con la caridad y ternura que suelen tener las madres con sus propios hijos enfermos.

La comunidad extiende su labor más allá del ámbito hospitalario, asume la atención de los enfermos y moribundos a domicilio, de los afectados por las grandes pestes, incluso de los enfermos de las cárceles.

"Si alguno, inspirado por el Señor Dios, quisiere ejercitar las obras de misericordia espirituales y corporales según nuestro Instituto, sepa que ha de estar muerto a todas las cosas del mundo y vivir solamente para Jesús Crucificado bajo el suavísimo yugo de perpetua pobreza, castidad y obediencia y servicio a los pobres enfermos [...] acordándose de la Verdad Cristo Jesús, que dice: 'Lo que hicisteis a uno de estos mis hermanos menores, a mí me lo hicisteis'; diciendo en otro lugar: 'Estaba enfermo y me visitásteis'". (Regla de vida, 1599)

RR. Camilos de Chile
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Los Religiosos Camilos perpetúan hoy en día la obra misma de Cristo asumida y realizada por San Camilo. Recomendamos especialmente a la Delegación de la Provincia Romana de Religiosos Camilos en Chile.
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